En el primer artículo que compartí con vosotros sobre el estrés, introduje una serie de ideas esenciales, entre ellas que experimentar estrés no depende tanto de la situación vital que experimentamos, como de la interpretación que hagamos de ésta y de las estrategias que poseemos para afrontarla. En esta ocasión quiero hablar de la sintomatología física propia del estrés que todos hemos experimentado en algún momento.

El estrés supone una activación de múltiples sistemas del organismo que abarcan desde el sistema inmune -nuestro defensor ante virus, bacterias y que vela por nuestra salud-, hasta el sistema nervioso y el neuro-endocrino. La activación de estos tres sistemas esenciales, pone en movimiento toda nuestra energía, activando ciertos procesos y ralentizando otros que no son tan importantes ante una situación de emergencia y amenaza vital.

Los síntomas que solemos experimentar cuando estamos estresados y que son una señal de ese exceso de demandas externas que nos agotan, son:

  • Taquicardia: Este síntoma no es otra cosa que un aumento de los latidos del corazón que surge como consecuencia de la respuesta de alarma que se ha activado en nuestro organismo cuando interpretamos una situación o etapa vital como amenazante y que pone en peligro nuestra vida. La respuesta de alarma se inicia en nuestro cerebro, implicando algunas zonas muy antiguas que regulan nuestras funciones vitales esenciales para vivir. Una vez que el cerebro se activa por esta causa, se comunica con el resto del organismo, especialmente con las glándulas adrenales -pequeñas glándulas situadas encima de nuestros riñones-, esenciales en la respuesta de estrés, pues éstas segregan hormonas como el cortisol y adrenalina, lo que aumenta la frecuencia cardiaca, contrae los vasos sanguíneos, expande las vías aéreas para introducir más oxígeno en el organismo (lo que puede provocar la hiperventilación) y eleva el azúcar en sangre. Así pues, la taquicardia que experimentamos cuando estamos estresados, es una señal de que nuestras glándulas adrenales están esforzándose por mantenernos con vida.
  • Respiración superficial y rápida (hiperventilación): La respiración es clave para nuestra supervivencia y a pesar de su importancia, solemos no prestarle demasiada atención porque funciona de manera automática. Cuando nuestro organismo interpreta que está en peligro, además de promover una mayor frecuencia cardiaca para enviar más sangre a los músculos, también aumenta la tasa respiratoria y solemos experimentarlo como una respiración superficial y rápida que llena a nuestros pulmones de oxígeno pero que puede hacernos tener sensaciones extrañas de mareo. Como dije antes, en ocasiones no somos conscientes de que nuestra respiración se ha alterado y por ello forzamos  nuestro organismo a que funcione a una velocidad elevada durante períodos de tiempo largos que terminan por hacernos daño. La buena noticia es que la respiración es una función que podemos regular de manera consciente, por lo que podemos practicar ejercicios de respiración sencillos como el que muestro continuación, para reducir nuestra activación general:

Siéntate de manera cómoda y relajada, cierra los ojos para que puedas centrarte mejor en tu respiración. Toma aire por la nariz y expúlsalo también por la nariz… atiende a la manera en que el aire fresco entra en tu cuerpo… siente el frío aire en la parte superior de tu labio… siente también el aire caliente que expulsas de tu cuerpo a través de la nariz… No fuerces tu respiración, no realices inspiraciones y espiraciones más profundas de lo habitual en ti… siente el vaivén de la respiración en tu cuerpo… el ancla que te mantiene unido a la vida.

  • Cambios en el apetito: Otro de los signos que solemos identificar como indicios del estrés que estamos experimentando, es un cambio en nuestra necesidades de alimentos. La persona estresada puede ver reducido su apetito por la ansiedad y la elevada activación física que experimenta o puede sentir muchas ganas de comer, especialmente alimentos dulces. El aumento de apetito durante el estrés, se puede producir por la necesidad de nutrientes que tiene nuestro organismo para continuar activado y hacer frente a la situación amenazante. En este sentido, el estrés reduce la producción de insulina que lleva a cabo nuestro páncreas para que haya un mayor nivel de azúcar en sangre, ya que el cuerpo estresado requiere de mucha energía y el combustible esencial de nuestras células y cerebro, es la glucosa.

  • Insomnio: El estrés es capaz de alejarnos de un descanso nocturno adecuado. Esto lo logra por el impacto mental que tienen las situaciones amenazantes de nuestra vida, ya que las preocupaciones y pensamientos, son capaces de ponernos en tensión, lo que nos aleja del sueño. En otras ocasiones el insomnio que experimentamos cuando estamos estresados, nos permite conciliar el sueño pero nos despierta en mitad de la noche, haciéndonos difícil volver a dormirnos. Considero que en el insomnio es esencial nuestra mente, la manera en que interpretamos el suceso que vivimos y las estrategias que poseemos (o creemos que poseemos) para afrontar dicha experiencia. Además, durante el estrés agudo y puntual, la glándula pineal (situada en el centro de nuestro cerebro, con forma de piña y del tamaño de un grano de arroz), segrega más melatonina, hormona que segregamos por las noches para dormir. Ante un estrés crónico, los niveles de melatonina se desregulan y también puede fomentar un peor descanso nocturno.
  • Fatiga y cansancio: Ante un estrés agudo (duración de horas o un par de días), nuestro organismo se llena de energía y es raro que nos sintamos fatigados. El cansancio comenzamos a experimentarlo cuando la situación estresante se ha hecho crónica (duración de semanas o meses) y nuestro organismo es incapaz de mantener los altos niveles de activación que está experimentando. Para comprender mejor esta fatiga, podríamos decir que nuestro cuerpo es como si apretáramos a fondo el acelerado de un coche durante semanas sin parar, el motor se calienta poco a poco hasta que deja de funcionar. El estrés acelera nuestro organismo pero éste se fatiga mucho.
  • Peor rendimiento cognitivo: Ante una respuesta de estrés, nuestro cerebro activa la alarma general y orienta toda su actividad hacia nuestra supervivencia física, por lo que la atención y memoria están centradas en captar señales de peligro y en acceder a las estrategias aprendidas en el pasado para afrontar este tipo de situaciones. Así pues, cuando estamos estresados por un período de tiempo prolongado, es habitual que comencemos a cometer errores en el ámbito laboral, podemos tener olvidos poco importantes en nuestra vida personal, comenzamos a tener dificultades para buscar soluciones a ciertos problemas o incluso postergamos tomar decisiones de las que no estamos seguros.
  • Molestias físicas: Una vez que el estrés lleva un tiempo en nuestras vidas, es habitual que experimentemos lumbalgias, cefaleas y migrañas (por la tensión ejercida sobre nuestro cuerpo y mente), molestias estomacales que pueden derivar en úlceras (el cortisol altera la anatomía y funcionamiento de nuestra flora intestinal y de la microbiota), contracciones musculares por la sobrecarga de trabajo que tienen nuestros músculos, etc.
  • Enfermedades víricas: Durante la etapa de estrés, nuestro sistema inmune realiza un gran trabajo por movilizar nuestras defensas naturales y por preparar al organismo para un posible daño físico. Mientras que el estrés agudo activa nuestra respuesta inmune temporalmente, el estrés crónico promueve el agotamiento de nuestras defensas y la presencia de una respuesta de inflamación patológica de órganos y tejidos que daña poco a poco al organismo y es el responsable de la aparición de enfermedades autoinmunes, cardiovasculares, respiratorias, etc.

Las emociones que experimentamos los humanos, tienen la capacidad de modificar los anticuerpos que tiene nuestro sistema inmune, siendo mayores cuando nos sentimos positivos y optimistas, lo que promueve una respuesta óptima de la inmunidad ante virus y bacterias. Es importante ser conscientes de que podemos modificar la respuesta de nuestro sistema inmune promoviendo determinadas emociones. 

  • Dificultades reproductivas: Por último, una de las funciones que se suelen desactivar ante la experimentación de estrés, es la reproducción humana, ya que el organismo interpreta que ante una amenaza de la propia vida, es más importante movilizar aquellos recursos que nos ayudarán a sobrevivir, dejando la reproducción para un momento donde se experimente más calma y estabilidad. Puede ser habitual que las mujeres experimentemos amenorrea (no tengamos la regla) y que tengamos mayores dificultades para quedarnos embarazadas durante una etapa de estrés.

Así pues, el estrés altera el funcionamiento de todo nuestro organismo, preparándonos para luchar al tiempo que nos protegemos lo máximo posible para sobrevivir. Cuando el estrés se cronifica, este funcionamiento alterado, promueve la aparición de enfermedades crónicas como: enfermedades cardiovasculares, diabetes, cáncer, enfermedades auto-inmunes (hipotiroidismo, rosácea, vitiligo, artritis reumatoide, etc.), trastornos gastrointestinales como las úlceras, enfermedades pulmonares y un mayor envejecimiento, entre otros problemas.

Cuando comenzamos a sentir que el estrés ha llegado a nuestro vida por las señales que indica nuestro cuerpo, es esencial que nos dediquemos tiempo a nosotros mismos realizando alguna actividad que nos guste, relajándonos, comiendo adecuadamente (siguiendo una dieta variada y sana), durmiendo entre 7-8 horas, practicando mindfulness o meditación y realizando cualquier actividad que nos ayude a re-conectar con nosotros mismos, relajarnos y ver las situaciones de nuestra vida desde otra perspectiva. Ten en cuenta que si no te sientes capaz de llevar a cabo todos estos cambios por tu cuenta, siempre puedes acudir a un psicólogo que te ayude a emprender el camino de una vida más sana y libre de estrés.

En el siguiente artículo de esta serie, hablaré del estrés psíquico y de cómo nuestra mente nos hace caer en la trampa del estrés.

 

 

 

Elena Alameda Jackson

Licenciada en Psicología por la Universidad Complutense de Madrid. Especialidad en Psicología Clínica y de la Salud. Máster en Psicooncología por la Universidad Complutense de Madrid.

Psicóloga habilitada para ejercer actividades sanitarias en todo el país. Experiencia profesional en Psicología Online, Formación a Profesionales y Colaboradora de la editorial Formación Alcalá.

Psicóloga de We Doctor

Solicitud de consulta online con Elena: https://tuconsulta.we-doctor.com/agenda/3080192

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